Diste un pequeño salto detrás de la pesada puerta de hierro y vidrio.
El frío de la noche de otoño se esfumó repentinamente y tu sonrisa de nena iluminó una vez más mi camino.
El marrón de tus ojos profundos me envolvió como cada vez que me miran y apareció esa sonrisa que destruye, abate, demuele lo que resta de mis pecheras andrajosas, de mis corazas ya oxidadas.
Pude sentir que una brisa se adentraba profundamente en mi boca llevando su frescor, penetrando cada recoveco, cada poro, inundando cavidades secas, iluminando callejones oscuros
Fui consciente en cada momento de que habías entrado definitivamente en mi vida. Como un torbellino desplazaste de mí viejos recuerdos, viejos errores, viejas excusas.
¡Bienvenida a mí!
JAC
viernes, 16 de octubre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario